Sobre el cambio, la incertidumbre y aprender a hilar fino
Hay algo que me costó un tiempo admitir: he cambiado mucho.
No sé si es algo que uno dice con orgullo o con cierta extrañeza. Probablemente las dos cosas a la vez. Pero es verdad, y últimamente me lo encuentro dando vueltas con más frecuencia.
Una de las cosas que más me cansa — y lo digo sin drama — es la necesidad que tiene el mundo de etiquetar todo lo que uno hace. Cada decisión, cada elección, cada modo de vivir parece necesitar una categoría, un nombre, una justificación. Y hay veces que simplemente quiero hacer las cosas sin tanto quilombo, sin tener que saber con exactitud qué son o qué significan antes de hacerlas.
Me di cuenta de algo: mucha gente le tiene miedo a la incertidumbre. Lo desconocido les genera una incomodidad real, profunda. Me parece raro desde mi propia experiencia, pero lo entiendo. Cada uno carga su historia, sus contextos, sus miedos aprendidos. No es algo que juzgo, solo que noto.
Lo que sí me resulta más difícil de mirar es lo que pasa hacia adentro. Soy muy exigente conmigo mismo. Hilo fino, demasiado fino a veces. Analizo, cuestiono, busco la grieta en cada cosa que hago. Probablemente tenga que ver con algo de ansiedad — no lo descarto. Pero tampoco quiero quedarme solo con esa etiqueta, porque sería hacer justo lo que critico.
Lo que sí puedo decir con claridad es esto: hace un año y medio que no tengo ningún síntoma de salud mental. Ninguno. Y eso, para alguien que los tuvo, no es un dato menor. Es casi una revolución silenciosa. Ese espacio que se abrió me permitió construir, avanzar, conectar. Mi vida profesional creció. Mi vida social también.
No sé si esto es un post sobre salud mental, sobre identidad o sobre el simple hecho de notar que uno ya no es quien era. Creo que es las tres cosas, y que eso está bien.
A veces el cambio no viene con fanfarria. Viene en silencio, y un día simplemente te das cuenta.